Aquí os dejo una historia que escribió una chica del foro de los conejos donde suelo estar jaja (soy casa de acogida claro jaja)....
La verdad que os la queria poner ayer....pero no tuve valor ....me entró la llorera

Sé que es larga, pero espero que la disfruteis...
Los latidos del corazón de Emma retumbaban con más fuerza que nunca. Entre sus temblorosos brazos se
encontraba Silver, un precioso conejito al que ella adoraba con toda su alma. La verdad era que a simple vista el pequeño Silver parecía un auténtico peluche, ni un movimiento, ni una leve respiración hacían pensar que se tratase de un animal vivo. Lola abrió con fuerza la puerta del veterinario mientras con una fingida sonrisa apresuraba a su hija de 9 años a entrar en la consulta. Emma se sentó y siguió con la mirada perdida, sin soltar a Silver y oyendo de fondo la voz de su madre hablando con el veterinario que
siempre los había tratado. Sin apenas darse cuenta alguien le quitó de las manos a Silver y cuando quiso reaccionar ya vio como se alejaba el doctor con su cuerpecito tan quieto.
Por primera vez Emma sintió que quizás no volvería a verlo y las lágrimas brotaron sin control y sin querer ser controladas, su madre le dirigió una mirada de apoyo y miró dentro de la consulta, los veterinarios tapaban a Silver y no podía ver lo que sucedía. En esos momentos recordó la de veces que lo había regañado por morder la alfombra del salón, los cables del teléfono o las revistas y lo absurdo que
le parecía ahora todo aquello… - no sabemos lo que tenemos hasta que lo perdemos - susurró Lola mientras se sentaba al lado de su hija y la rodeaba con su brazo.
Empezó a acariciarle el pelo y aunque quería consolarla, aunque no había nada que desease más que calmar el dolor y el miedo que sentía su hija en esos momentos, no era capaz de articular palabra, se limitó a seguir con su mano perdida entre su pelo y con la mirada puesta en la puerta que daba a la sala de urgencias donde se encontraba Silver.
Los minutos pasaban eternos, el tic-tac del reloj que colgaba de la pared era lo único que se oía en la sala, a parte de los llantos incesantes de Emma que cada vez daba más por perdido a su pequeño conejo.
Lola apoyó la cabeza en la pared y recordó la primera vez que vio a lo que entonces era una diminuta bola de pelo;Emma estaba a punto de cumplir 8 años y aunque ella siempre se había negado a que los niños tuvieran la responsabilidad de cuidar a un animal también era consciente de que su hija era muy madura para su edad y que con su ayuda y la de su marido podría encargarse de un animalito sin ningún problema.
Pronto desecharon la idea de adquirir un perro, por los horarios tan locos que llevaban sería muy difícil sacarlo a pasear cuando debía, un gato tampoco, Álvaro, el padre de Emma, era alérgico al pelo de estos animales… entonces se les encendió la bombilla y recordaron la ternura con la que Emma siempre miraba a los conejitos de las tiendas de animales. Decidido, Emma iba a tener un conejo.
Lola volvió a la realidad de un salto al oír la puerta de la consulta, un hombre con su perro acababa de entrar por la puerta, le sonrío sin mirarle demasiado y siguió recordando aquel día que en esos momentos se le hacia tan cercano.
Lola salió pronto de trabajar y se acercó a la tienda de animales de unas grandes superficies, entre mucho conejito vio uno que llamó su atención pues tenia una orejita para arriba y la otra para abajo, Lola se lo quedó mirando fijamente y el pequeño trato de ponerse a dos patas torpemente, no lo dudó más y en pocos minutos lo estaba cargando todo en el coche. Los ojos de Lola se empañaron al recordar la cara de ilusión de su hija al verlo… la niña exclamó que era el mejor regalo que le habían hecho en la vida, la misma niña que entonces manifestaba sentirse la más feliz del mundo ahora estaba deshecha entre sus brazos. Lola sabia que Silver había sido muy especial e importante para su hija, ella siempre había sido una niña muy tímida y el tener a ese animalito del que tanto le gustaba hablar y presumir la había ayudado a abrirse al mundo. La voz del veterinario la hizo volver en si.
Emma dejó de llorar de golpe y se levantó al mismo tiempo que lo hacia su madre. Ambas siguieron al veterinario en silencio el cual las llevó hasta Silver, el hombre empezó a hablar del estado de salud del pequeño conejo pero este ya se estaba yendo y se encontraba lejos… aunque en realidad su cuerpecito aun seguía en la mesa como si nada hubiese pasado.
Silver empezó a correr y correr, estaba en una especie de túnel oscuro con una luz muy fuerte y brillante al final, instintivamente y sin poder evitarlo, corría con afán para tratar de alcanzarla. Tras unos instantes que se le hicieron eternos consiguió llegar hasta ella, en la entrada un gran conejo leía unos libros hechos con hojas de endivia, Silver lo miró entre confundido y asustado hasta que finalmente aquél conejo que custodiaba la entrada se percató de la presencia del conejito y le saludó gentilmente:
Bienvenido
al Cielo – dijo sonriente señalando a aquello que se encontraba al otro lado de la brillante puerta.
El conejo preguntó en repetidas ocasiones a Silver como se llamaba, pero este no contestaba… finalmente en un susurro dijo su nombre tartamudeando. El gran conejo empezó a mirar entre sus libros y comentó con cierta vergüenza que la S había sido devorada por algún conejo, se disculpó y se fue a otro lugar con muchos libros para buscarle. En esos momentos Silver oyó un fuerte ruido y de un salto traspasó la brillante puerta y cayó sobre un montón de hierba fresca. Se quedó inmóvil unos segundos,
sin atreverse ni siquiera a abrir los ojos, hasta que de pronto empezó a oír unas voces que se arremolinaban a su alrededor, abrió uno de sus ojos con precaución y se encontró rodeado por un montón de conejos, jamás, nunca en su vida, Silver había visto a tantos conejos juntos. Uno se le acercó felizmente, era todo blanco y tenia las orejas tiesas, a este le siguieron otros dos y otros dos más… Silver retrocedió y en cuanto hubo reaccionado empezó a correr en todas las direcciones, sin rumbo fijo, sin saber donde estaba y deseando encontrar en cualquier momento su querido sofá debajo del cual se escondía siempre que algo le asustaba, buscaba a Emma para acurrucarse entre sus
brazos… buscaba algo que le resultase familiar… pero era imposible, aquello era completamente desconocido para él.
Pasado un buen rato y después de correr entre largos terrenos de frondosa hierba se detuvo exhausto y
comprobó, con una mezcla de miedo y sorpresa, que aquellos conejos que tanto le asustaban le habían seguido hasta allí y que se notaba en sus caras la alegría de que al fin se hubiese detenido.
¿Qué le pasa a este conejito? – dijo un pequeño gazapo que se abrió paso entre los demás conejos -
¿De qué tiene miedo? – preguntó mirando alrededor extrañado de que alguien no quisiese estar en aquel
maravilloso lugar. Pues sencillamente… es nuevo – dijo con una tierna y suave voz una coneja de grandes orejas que se acercó a Silver con prudencia y le dio una dulce caricia con el morro – Entiendo que estés asustado pequeño pero ahora nosotros somos tu familia y no te queremos ningún mal, al contrario-. Silver los miró desconfiado pero por dentro sentía una extraña sensación, no conocía de nada a aquellos conejos pero algo le decía que no había motivos para tenerles miedo, así que a paso lento pero firme y tratando de que dejasen de temblarle las patitas se acercó a ellos y se disculpó por haberse comportado de esa manera
– Debo haberme perdido… porque no entiendo que hago aquí – añadió Silver y todos le miraron con cariño.
– Este es el Cielo de los conejos… cuando ha acabado nuestra etapa en la tierra, cuando hemos… muerto, venimos aquí para vivir por siempre – le explicó aquella coneja que se había acercado a mimarle.
Silver negó una y otra vez con la cabeza, era imposible, como iba a estar muerto si hacía unos instantes se encontraba en los brazos de Emma, no entendía nada, aquello no podía ser cierto. Se giró y ontemplo todo lo que le rodeaba, la verdad era que si no era el Cielo, se le parecía horrores, era el lugar más bonito que había visto pero faltaba algo…
¿Y Emma?... ¿Qué ocurrirá con ella? Se enfadará mucho conmigo si me muero sin avisarla, no quiero
estar sin ella, la echo mucho de menos… - y unas lágrimas resbalaron por la cara de Silver.
Poco a poco todos los conejos se le fueron acercando para darle su apoyo y de entre todos ellos salió un conejo que parecía muy mayor, el más mayor de todos y le cubrió con una de sus grandes orejas guiándole hacia arriba de un cerro desde el cual se contemplaba todo aquél paradisíaco lugar.
Nosotros estamos aquí porque los humanos nos quieren, mientras estamos en sus corazones seguimos
vivos… ¿Ves aquellas enormes gotas que caen en la hierba y hacen que brille tanto y se vea tan verde? –
preguntó el anciano conejo – Son sus lágrimas, ninguna lágrima querida es desperdiciada, todas nos
las quedamos aquí -.
Después de un largo silencio en el que Silver no dejo de pensar y pensar, preguntó a aquél conejo que qué era lo que ocurría con aquellos conejos sin humanos que les quisieran de los que tanto había oído hablar en su casa.
Oh, esos conejos también viven aquí, con nosotros, gracias a el amor que sienten por ellos personas que
ni siquiera los han visto jamás pero que saben que existen y los quieren con todo su corazón – hizo una
breve pausa – y a las malas malísimas siempre estamos nosotros para cuidar de ellos y protegerlos,
darles amor y cariño, aquí nadie es más que nadie ni mejor-.
Silver respiró aliviado tras escuchar esa respuesta y empezó a hacerse a la idea de que debía estar muerto y que aquel era su nuevo hogar. Junto con el anciano conejo se dirigieron hacia donde se encontraba un grupo de conejos jugando, comiendo y descansando. Los más jovencitos pronto se acercaron a Silver y empezaron a llenarle de preguntas. Saciada su curiosidad se lo llevaron por el ancho valle para enseñarle todos los rincones y maravillosos lugares de su nuevo hogar.
Primero de todo le llevaron al grandioso huerto en el que crecían las verduras más exquisitas y sabrosas, Silver se lamió la boca y se dio cuenta de que llevaba bastante sin comer y que daría cualquier cosa por dar un buen bocado a esas verduras. Los demás conejitos se dieron cuenta y le animaron a pensar concentrado en lo que más le apetecía.
Pasaron unos segundos y se encontró rodeado de sus verduras favoritas las cuales se lanzó a comer feliz y contento al mismo tiempo que sus nuevos amiguitos lo hacían
– ¡Qué buen gusto tienes, Silver! – exclamaban entre risas con la boca llena de hojas de zanahoria.
Pasaron un buen rato comiendo y jugando a lanzarse verduras hasta que acabaron agotados y con la tripa llena.
Ahora te llevaremos a… - y antes de que aquél joven peludito pudiese acabar de hablar le interrumpió otro conejo.
Shhh… no digas nada, que sea sorpresa – gritó otro sonriente mientras se dirigían hacia el norte.
Silver les seguía entusiasmado, cada vez estaba más feliz y se sentía más a gusto en ese precioso lugar. Tras unos cuantos saltos llegaron a una zona llena de arboles, con una brisa fresca maravillosa y un olor a flores que le encantaron, ese era el lugar donde los conejitos descansaban, había cientos tumbados, unos en grupo otros en solitario. Allí la hierba era la más suave que había visto jamás, parecía mágica y a cada paso que daba más ganas tenia de tumbarse y descansar. Llegaron a un pequeño árbol y se acurrucaron juntos, Silver se sentía extrañamente feliz pero algo no iba bien, miró al cielo era completamente azul y brillante, le recordaba tanto a los ojos de Emma… En ese momento se dio cuenta de que no era igual que los demás, que había algo que le ataba muy fuertemente a su vida en la Tierra, aquellos conejos tenían una forma de comportarse un… “algo” que les diferenciaba de Silver. Ellos estaban allí porque les tocaba, porque era el lugar donde les correspondía pasar el resto de su vida pero
Silver no, sabia que no.
Cerró los ojos con fuerza intentando conseguir que al despertar todo hubiese sido un sueño y que en realidad se encontrase debajo de su querido sofá descansando. Finalmente Silver cayó dormido y fueron los lametones de sus nuevos amigos los que le hicieron despertar. Una mezcla de frustración y tristeza se vio reflejada en su rostro cuando los vio pero trato de disimular lo mejor que pudo, ellos le habían acogido y le trataban muy bien y no se merecían que les despreciase o se sintieran mal por su culpa. El resto de conejos no se percataron del gesto de Silver y enseguida lo animaron a que le acompañasen.
Quedaba todavía mucho por ver.
Mientras corrían y saltaban entre la verde hierba y saludaban con las orejas a los conejos que se encontraban por el camino pasaron ante los ojos de Silver cascadas, verdes praderas llenas de flores y altos arboles perfectos para cobijarse. Pararon para descansar y beber agua de un gran lago de aguas cristalinas y Silver preguntó algo a lo que llevaba mucho tiempo dando vueltas.
¿Vosotros no echáis de menos a los humanos?-comentó curioso ante la atenta mirada de sus nuevos
amigos.
Estos se miraron mutuamente sin saber muy bien como contestarle o quien hacerlo, finalmente uno se adelanto al grupo.
Claro que les echamos de menos pero no podemos estar tristes, no se lo merecen – hizo una breve pausa
y miró a Silver fijamente – si este lugar tan maravilloso existe es porque ellos en su mente y en su corazón lo han creado para nosotros, es fruto de su amor hacia nosotros lo que nos permite disfrutar de este nuevo hogar cuando acaba nuestra vida en la Tierra, lo último que se merecen es que lo desaprovechemos o que no estemos felices. Se lo debemos – dijo y sonrió a Silver el cual lo miraba atentamente.
Por unos instantes Silver se sintió culpable por no estar aprovechando al máximo esa nueva oportunidad y aunque para él no estaba siendo nada fácil había decidido dejar de pensar y ser feliz allí por Emma, por los padres de Emma, por los abuelos de Emma, por el primito de Emma… Sin darse cuenta ya estaba correteando y jugando a esconderse tras los montones de heno y flores que cubrían uno de los valles. En ese momento entre juego y juego vio como sus amigos se detenían, los miró extrañado y observó
que se les acercaba a toda prisa aquél conejo tan grande que se había encontrando en la entrada. El conejo corrió y se detuvo ante Silver frenando en seco.
¡Llevo horas buscándote! – exclamó ante la atenta mirada de los demás conejos que se acercaban a ellos. Era la primera vez que veían a ese conejo en otro lugar que no fuese en la entrada así que algo muy extraño debía estar sucediendo. Cuando el conejo hubo recuperado la respiración se dirigió a Silver:
Tras mucho buscar y buscar y preguntar a mis superiores celestiales debo informarte de que tu nombre no aparece en nuestra lista – comentó con toda naturalidad mientras Silver lo contemplaba atónito – esto sólo puede significar que no debes estar aquí todavía, tu lugar esta en la Tierra y debemos darnos prisa ya que has de regresar o tendré problemas con mis jefes! – exclamó el conejo.
Silver se quedó boquiabierto, sin poder reaccionar. Miró a sus nuevos amigos y todos se acercaron a abrazarle, le daban ánimos y le decían que ellos siempre estarían allí esperando para cuando le tocase volver, que esperaban no verlo en mucho tiempo y que aprovechase al máximo aquella segunda oportunidad.
Silver se despidió de todos y marchó junto con el conejo de la entrada. Una mezcla de tristeza y alegría le invadía. No estaba equivocado. A él todavía no le correspondía estar en aquel lugar, pero por otro lado echaría de menos a los conejitos que había conocido allí.
Pronto llegaron a la entrada y sin más dilaciones el gran conejo le animó a que echase a correr por donde había venido y así hizo Silver sin vacilar.
En la sala B de la consulta de urgencias del veterinario sólo se escuchaban lamentos y ruidos de máquinas, uno de los veterinarios mandó que alguien sacase a esa niña de la sala, Silver llevaba demasiado tiempo sin dar señales de vida y ya iban a proceder a darlo por muerto.
Pero Emma no pensaba rendirse, se escapó de los brazos de su madre y de los de la enfermera y se acercó al cuerpecito de Silver, puso una mano sobre su corazón y susurró unas palabras incomprensibles. En ese momento notó un fuerte latido que la hizo apartarse y seguidamente todos vieron como el cuerpo de Silver volvía a la vida, se notaba su respiración y finalmente abrió sus pequeños y brillantes ojos desconcertado. Emma rió entre llantos, Lola hizo lo mismo, se fundieron en un abrazo mientras los veterinarios emocionados comprobaban las constantes vitales de Silver. Aquello era un milagro.
Silver se quedó ingresado en observación un par de días pero se recuperó sin problemas, le ordenaron seguir una medicación y todo funcionó perfectamente.
Durante los días que Silver no estuvo en casa Lola, Álvaro y Emma hablaron de lo importante que era mantener la esperanza hasta el último momento, de dar ánimos a quien queremos para que siga adelante y, sobretodo, de valorar las segundas oportunidades que nos da la vida.
Cuando por fin pudieron traer a Silver a casa Emma lo agarró fuertemente en brazos y le pareció oír que su pequeño conejo le susurraba al oído un “Te quiero”, seguramente era imposible, quizás estaba soñando pero lo único que pudo decirle fue “Yo también”.